EL LLANTO DE LA FORTALEZA (Enrique Rivas)

07.07.2012 19:27

EL LLANTO DE LA FORTALEZA

 

“Se hace camino al andar” decía hace unos años un gran canta autor, aunque para ello haya que ir asumiendo los golpes del recorrido.
Hasta el día de hoy los miembros de la plataforma hemos andado mucho, eso es inapelable, y, probablemente, hayamos creado un pequeño camino. Lo que si hemos experimentado han sido sensaciones de toda índole, unas muy satisfactorias y otras, no tanto.
Mi andadura, en este bonito proyecto, comenzó por algo tan justo y necesario como era defender los derechos de mi madre. Algunos podrían pensar, estando en todo su derecho, que cigarrales solo hay uno, pero yo me inclino más por el verdadero sentir del refranero español: “madre no hay más que una”.
No hay duda alguna que la vida nos enseña mucho, más, incluso, de lo que podamos imaginar. Hoy miro para atrás y me doy cuenta de lo mucho que me han enseñado algunos de mis compañeros, a los cuales, hoy por hoy, puedo presumir de llamar amigos.  Personas con un grado mayor o menor de discapacidad o dependencia, pero, como diría la biblia, “quien esté capacitado para todo, o no dependa de nada, que tire la primera piedra”.
Estamos acostumbrados a recibir, al menos hasta ahora, una educación basada, casi en su totalidad, en los libros, es decir, en lo escrito. Pero, sin embargo, yo he aprendido una gran lección que no está relatada en ningún papel, sino que está en la vida misma. Este aprendizaje me ha llevado, aun habiendo sido siempre una persona respetuosa con mis semejantes y, sobre todo, con los mayores, a darme cuenta de uno de mis mayores errores y que, aun siendo involuntario, ahí estaba. Cuantas y cuantas veces habré pasado al lado de una persona, por ejemplo en silla de ruedas, y ni siquiera me he planteado si sus derechos eran iguales que los míos. Cuantas y cuantas veces habré pasado al lado de unos padres con un niño en situación de dependencia y ni siquiera me he planteado si su hijo tenía las mismas oportunidades y derechos que el mío. Realmente, tengo que reconocer, que muchas.
Pero si algo me ha enseñado el sentir de la plataforma y, por supuesto, todos sus componentes, ha sido a llorar en silencio. Aunque una de las cosas más justas que pueda existir sea el luchar por una madre, creo, sinceramente, que no hay nada más justo que luchar por las personas, aunque estas no tengan ningún tipo de parentesco con uno mismo.
He tenido la suerte, digo bien, suerte, de encontrarme con personas que luchan por ser, dentro de sus posibilidades, igual que cualquier hijo de vecino, cuestión que los demás, con nuestros apoyos, no tenemos que asemejar a la beneficencia, sino a algo tan básico como es “la libertad, la igualdad y la justicia”. He tenido la suerte, digo bien, suerte, de encontrarme con personas, muchas de ellas niños y niñas, con enfermedades raras o especiales que, con una simple sonrisa, te enseñan más que el mejor y más didáctico de los libros. He tenido la suerte, digo bien, suerte, de encontrarme con personas, tanto familiares como profesionales, que dedican sus vidas a luchar por la integración y bienestar de todas estas personas que han logrado enseñarme tanto. Pero la mayor de mis suertes ha sido, sin duda alguna, el sacar la fortaleza suficiente de mis lágrimas, de esas, que reconozco sin ningún pudor, que han bañado mi cuerpo en el silencio de una habitación o, muchas veces, el interior de mi cuerpo para no enseñar mi debilidad y que los demás se pudieran contagiar de algo que no nos podemos permitir, “ser débiles”.
Mi andar, en este último año , ha puesto en mi vida un camino que estoy muy orgulloso de haber recorrido y que seguiré recorriendo con la bandera de la humildad, la lucha, la libertad y la justicia, incluso, aunque este fuera muy cuesta arriba. Pero sobre todo, aun desafiando al destino, mi camino, estoy convencido, que me pondrá a sabias personas que con un solo gesto, una sola palabra, una sola mirada o, simplemente, por el hecho de estar ahí, me enriquecerán de tal forma que lograrán que mis lágrimas en el silencio de una habitación se conviertan, sin duda alguna, en lágrimas de fortaleza.
Como persona y como ciudadano no puedo prometer a nadie el paraíso terrenal,  ya quisiera yo, eso si, como habréis observado os podemos ofrecer un camino duro, hostil, con lágrimas, con sudor, con alegrías y penas, pero, sobre todo, un camino que algún día nos llevará a que nada esté por encima de las personas y que estas, sea su condición la que sea, tengan los mismos derechos y oportunidades. Sinceramente os puedo decir, “que merece la pena llorar”.